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jueves, 14 de octubre de 2010

Positivismo

¿Es la vida un sueño? Esta pregunta evoca a musicales de cine donde los actores saltan y bailan por la calle. Es una pregunta que jamás se haría alguien sin demasiado tiempo libre. Tampoco un chulo de «tuto» que se dedica a robar bocadillos en el recreo, adolescentes de andares chulescos que curiosamente nunca engordan; ¿venderán los bocadillos?

Pero esta pregunta sobre el sueño que parece tan cursilona e incluso ridícula está muy relacionada con el más duro de los problemas a los que se han enfrentado pensadores, científicos, filósofos y demás personas, distribuidas por el espacio geográfico y el tiempo histórico, que se han dedicado al saber. Esta pregunta está muy relacionada con las aparentes limitaciones intelectuales que nos hacen en ocasiones no saber discernir entre la realidad y la ficción, limitaciones que tampoco son suficientes para derrocar al asedio de nuestros sentidos.

Tenemos por tanto, dos formas de la cuestión:
  • ¿Es la realidad que vivimos una producción de nuestra mente?
  • ¿Es la realidad totalmente distinta a como las recibimos por los sentidos?
Ambas cuestiones son razonables. Si asumimos que la realidad es una producción de nuestra mente, no habrá nadie que pueda convencernos de lo contrario, total, dicha persona junto a sus argumentos también serán producción de nuestra mente. Y desde un sueño, nunca somos conscientes de que estamos durmiendo, hasta que nos despertamos. ¿Quién puede decirnos que nuestra vida no es más que un preludio a otro despertar? Esta postura es llamada solipsismo, y hay quién lleva éste aspecto al extremo, y está tan convencido de que todo el universo vivido es un invento propio, que llega a la conclusión de que es Dios. Y lo peor es que esta conclusión es totalmente razonable, y además, imposible de negar.

A su vez, todos sabemos como los sentidos pueden ofrecer percepciones falsas de la realidad. Todos nos hemos enfrentado alguna vez a un efecto óptico. También conocemos el fenómeno de la perspectiva: un objeto más grande y lejano reduce su tamaño. Los colores sufren una suerte similar: la luz puede propagarse a distintas frecuencias y el rango de frecuencias es muy amplio, pero solo un intervalo de frecuencias es el que el ojo humano puede ver. Las frecuencias menores de ese intervalo corresponde al color rojo, y las más altas al color violeta. Frecuencias intermedias se ven como colores intermedios, y así, los colores se ordenan en una linea recta, la misma que muestra el arcoiris. Es decir, ¡los colores no existen!, es una interpretación que hacemos de la luz que nos llega a los ojos: el color no está en la luz, está en el uso que hace la mente de ella. Pero, encima de que los colores ni siquiera existen, el ojo humano en vez de una recta vé un círculo cromático; ¡un círculo!. Vemos que la naturaleza de los colores que percibimos es distinta a la naturaleza de los colores que (no-)existen.

¿Por qué vemos un círculo cromático? En el ojo existen unas glándulas llamadas conos, que son de tres tipos. Unas están encargadas de recibir la luz que se interpreta como rojo, otras para el color verde, y otras para el azul. Como estás glándulas pueden excitarse a la vez según la luz recibida, se mezclan los colores que queramos. Así, esa línea cromática de la naturaleza es unida por nuestra mente desde sus extremos creando un círculo cromático.

Pero hay más «mentiras» de los sentidos. En diferentes estados psicológicos nuestros sentidos también cambian: cuando tenemos miedo, se nos afina el oido, escuchando sonidos que de otra forma «no existirían». Y si hemos consumido algo de alcohol, no sentimos los dolores de la misma forma, sentimos menos. Esto sucede porque el dolor se produce en el cerebro: en el lugar del cuerpo afectado, se generan neurotransmisores que llegan al cerebro. La cantidad de neurotransmisores transmitidos es proporcional a la violencia del contacto. Y a una mayor cantidad de neurotransmisores llegados al cerebro, mayor será la señal de peligro: mayor será el dolor sentido. Si consumimos alcohol, se inhibe la producción de neurotransmisores, es decir, hay menos neurotransmisores en acción y se siente menos dolor, aunque la violencia del contacto sea la misma.

Se podrían dar cientos de ejemplos de la «falsa realidad» de los sentidos. Y los filósofos, desde el siglo VI aC hasta el siglo XIX dC, conscientes de este problema, buscaban la naturaleza de la «verdadera realidad superior a los sentidos», a fin de describirla. A esta rama sobre la búsqueda de la verdad última se llama ontología. Cuando la ontología se busca alrededor del concepto de Dios, se llama teología. Sino, es metafísica.

Pero resulta que para nosotros es innacesible cualquier conocimiento fuera de lo que sea «sensible», o «sensible de ser sentido», es decir, fuera de la experiencia. En ontología solo podemos especular, y dada cualquier posible propuesta, siempre podemos cuestionar su legitimidad. Por ello Kant llegó a decir que la metafísica llevaba siglos dando vueltas sobre el mismo punto sin llegar a ninguna conclusión. Lo único que lograron es darse cuenta de la dificultad del problema, y la verdad es que se perdieron demasiados siglos valiosos para ello.

Y es que nuestro principal vicio y defecto es nuestra infinita capacidad de proponer nuevas dudas. ¿Y sí hay una realidad fuera de nuestra capacidades intelectuales?, ¿y si la realidad es un completo abstracto que interpretamos fatal?. Si proponemos culquier pregunta de ésta naturaleza «extra-física», nos damos cuenta de que no podemos ni negarla ni afirmarla. El ejemplo más paradigmático es Dios. ¿Dios existe? A no ser que él de muestras de revelación que todos podamos observar, no podemos afirmar ni desmentir su existencia.

Pero hay una solución relativamente sencilla a este problema, y los ateos ahora me entenderán muy bien: un argumento sencillo para decir que Dios no existe es el siguiente, «el hombre no es obra de Dios, es Dios quien es obra de él». Así, nos damos cuenta que el núcleo de la cuestión no son las dudas en sí, sino el hecho de haberlas planteado.

Debido a que el único concepto seguro e infalible es el de «fenómeno observable», es decir, una piedra que cae, un relámpago que clarea las nubes, o un charco de agua que hierve alrededor de un geiser, podemos conformarmos con afirmar que toda la realidad existente es la «fenoménica», y que cualquier otra cuestión «más allá de la física» no es más que un invento por culpa de nuestra infinita capacidad de hacernos preguntas. Y esta postura de dar por afirmativa a la realidad recibida por la experiencia sensible (y descrita usando el método científico) se llama positivismo, nombre que da título a esta entrada.

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martes, 10 de agosto de 2010

La navaja de Ockham

El renacimiento fue una época de resurrección cultural respecto a la barbarie medieval que lo precedía. Lástima que los propios renacentistas se sintieran tan orgullosos de su propio éxito y revitalización, que ignoraron y fomentaron el olvido de la producción científica del medievo, tanto que la llamada "Revolución del siglo XII" no fue conocida y ampliamente estudiada hasta comienzos del siglo XX. La imágen de retroceso científico y cultural que se ofrece hoy a los niños en el colegio, es producto y a su vez herencia del egocentrismo de los renacentistas.

La revolución del siglo XII es el preludio del renacimiento, desgraciadamente interrumpido por la llegada de la peste negra, único suceso histórico de relieve que separó ambas revoluciones. Tanto la nueva filosofía de la ciencia como los éxitos astronómicos que estarían por llegar, sobre todo de manos de Galileo, forjó sus inicios en las mentes de los pensadores del siglo XII.

Guillermo de Ockham fue uno de esos eruditos y pensadores fruto de dicho primer resurgir cultural. Tanto que da nombre a un concepto de plena actualidad en el contexto científico del siglo XXI, es decir, 9 siglos después.

Este concepto, la llamada Navaja de Ockham, también llamado principio de parsimonia, tiene un enunciado bastante simple: antes dos explicaciones para un mismo fenómeno, elige el más simple.

Por ejemplo, intentemos explicar el motivo de la diversidad biología, es decir, el motivo de por qué existen tantas especies, y de por qué cada una es como es. Tenemos dos motivos:
  1. Existe un proceso de herencia con modificación, gracias a un producto químico llamado ADN, organizado en cromosomas que contienen ciertas secuencias que forjan las características de los individuos. Gracias a esa herencia con modificación (mutaciones y recombinación) se crean nuevas secuencias que forjarán características nuevas, y que cambian su porcentaje de ocurrencias gracias a la selección natural, el flujo genético y la deriva genética. Las características que no fomenten el éxito reproductivo, que dependerán de las condiciones ambientales (o incluso sociales), irán desapareciendo de la población, y las distintas especies son productos de una evolución determinada por unas condiciones ambientales únicas.
  2. Dios creó a todas las criaturas.
¿Qué proposición es más sencilla? Pues no, no es la segunda, y no precisamente porque me dé a mí la gana ignorar el principio de la navaja de Ockham, ni desmentirla para defender una postura atea o mecaniscista, sino porque la navaja de Ockham tiene unas implicaciones más profundas que lo que, a priori, podría indica su propio enunciado.

Imagina que preferimos elegir el segundo enunciado, y descartar complemente al primero. Hasta que no sepamos que ese segundo enunciado es mentira, o es contradictorio, o sencillamente no funciona, no podemos eliminarlo para empezar a probar con otra alternativa, de nuevo, las más simple de las que se propongan.

Ahora, ¿de qué forma efectúamos o diseñamos un experimento para saber si el segundo enunciado es verdad o mentira?, ¿cómo podemos ponerlo a prueba?, dicho de otra forma, ¿quién nos ofrece garantías de que, empezando por el segundo enunciado, no nos quedemos atrapado en el abismo de la impotencia intelectiva?. La respuesta a la primera pregunta es sencilla: de ninguna. Para la segunda también: es imposible. Y para la tercera: nadie.

Y es aquí donde hay que aclarar las diferencias: el segundo enunciado es más sencillo porque su explicación se defiende con pocos conceptos, mientras que el primero es más sencillo porque la explicación tiene conceptos más sencillos de defender. Es decir, la segunda proposición hace uso de un concepto que tiene muchas más implicaciones a tratar, como la existencia de Dios. También, como consecuencia principal, y de vital importancia para la ciencia, es que el primero es "metodológicamente" más sencillo, que a su vez permite que la ciencia sea más dinámica y más flexible.

Intentar poner en tela de juicio hipótesis más sencillas permite descartarlas con más facilidad si ofrece resultados poco satisfactorios, y a su vez otorga mayor seguridad cuando ves que algo tan sencillo no ha podido ser desmentido. Esto último es una fuerte muestra de la garantía de su éxito. Aunque eso no significa que la respuesta más simple (en el sentido que acabamos de esbozar), sea la correcta, pero sí que es el mejor punto de partida que podemos tener.

Y es ésta la verdadera esencia del significado y la importancia de sus consecuencias de la navaja de Ockham, y el motivo por el que tal concepto añejo se hace necesaria y de plena actualidad.

De hecho, el argumento de la navaja de Ockham tiene como consecuencia que si un concepto no recae dentro del mundo de la experimentación, ni siquiera se considere un argumento científico, y por ello la presencia de Dios en la ciencia debería estar totalmente prohibida (un argumento es científico cuando es falsable, es decir, que puede ser sujeto de pruebas, aunque para esto también existen distintas opiniones). Esta restricción, posiblemente dogmática, entre otras cosas evita que la ciencia no pueda provocar su propio ocaso.

PD: Quizás a los estudiantes de estadística, este concepto les ayude a entender el sentido de la hipótesis nula en el contexto del contraste de hipótesis.
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lunes, 9 de agosto de 2010

Las musas y los primeros filósofos (1)

No sé la imágen que se tendrá, en general, de los filósofos, qué representan para el lector, o a qué creéis que se dedican. Y ésta última, además, es una pregunta que suele hacerse a un estudiante que, tras preguntarle, afirma que está estudiando filosofía. Pero no quiero hablaros del quehacer filosófico de un "amante de la sabiduría" actual. Normalmente (aunque con excepciones) me interesa más el pasado que el presente, así que no vamos a discutir sobre el filósofo de hoy, sino del de ayer.

La filosofía se ha caracterizado por llegar muy alto en sus reflexiones, indagando entre cuestiones últimas y realidades íntimas de la naturaleza, muy alejadas casi siempre de la realidad inmediata del agricultor de campo y del artesano de barrio. Esta última es la realidad que imperaba en las mentes de cualquier habitante de pueblo o ciudad del quinto, del cuarto o del primer milenio antes de Cristo. Y también del noveno u octavo siglo.

Un ejemplo clásico, para comprender el "nivel de abstracción" de estas gentes, es el trato recibido por un concepto tan vulgar como "círculo" en el antiguo egipto. Un "círculo", si nos paramos a pensar, juega entre la obviedad y el desafío al intelecto. Es una figura perfecta "que no existe" en la naturaleza y que usamos para ejemplificar a muchos elementos de ella, con mayor o menor grado de paralelismo.

Pero esta visión un antiguo egipcio no la tenía. Un antiguo egipcio hablaba de ruedas o de la boca de un pozo. Y cuándo hacía matemáticas, sabía que ciertos principios podían aplicarse por igual a una rueda, o a la boca de un pozo. Pero su sabiduría era muy práctica, y su matemática era directa: sabía que los principios eran aplicables por igual a la rueda y al pozo porque funcionaban, por pura experiencia, pero no porque reflexionara sobre qué los hacía tan parecidos y por qué.



Fue un filósofo el que empezó a pensar de otra forma. Tales de Mileto es el primer filósofo según la tradición clásica del que se tenga constancia, y él introdujo en el mundo un concepto tan primitivo para nosotros como el de "círculo", y reflexionó el por qué esas reglas egipcias funcionaban tan bien: porque dichas "reglas" eran propias de esa figura, y tanto la boca del pozo como la rueda se parecían a él. Parecerá una tontería, pero es un salto cualitativo e importante en el pensamiento, y díficil de alcanzar sin algún tipo de impulso.

Es una nueva forma de pensar que tuvo que ser motivada por algún tipo de milagro. Algún empujón que hiciera a Tales de Mileto a pensar de esa nueva forma. Y a éste milagro se le denomina comúnmente "el milagro Griego". Y la verdad es que los motivos son bien complicados, y todavía no se conocen bien, aunque se pueden vaticinar las causas.



Mileto, en tiempos de Tales (siglo VI-VII aC), era una colonia griega situada al oeste de Turquía, en los líndes de los dominios griegos. Y ya sabeis lo que pasa en tales situaciones: comercio, intercambio cultural, leyendas traidas de otras tierras, etc. Y los habitantes de dichas ciudades se enfrentan a varias realidades sociales y culturales a la vez. Quizás es éste contexto de intercambio el que propició a Tales de Mileto esa capacidad de mirada "abstracta", de contrastación y síntesis y desde "las alturas" de todo lo que le rodeaba, capacidad que no compartiría con individuos de las capitales de estado, que vivían en su propia "caja tonta", debido a su contexto cultural focalizado.

Tales de Mileto parece ser que provenía de una familia adinerada de comerciantes que fue educado en Egipto, que quizás fuera la tierra con el más alto galardón en esa sabiduría "práctica" de toda la antiguedad clásica, y su educación en Egipto posiblemente fuera el último eslabón en la cadena de causas que llevarían a Tales a ser la persona que logró llegar a ser.

¿Y ésto es todo? No señores, la mentalidad de Tales y los filósofos que lo sucedieron es mucho más profunda que la idea del círculo y algunas propiedades geométricas más. La filosofía, por supuesto, comenzó siendo algo mucho más que eso.

Continuará ...
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